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COLOMBIA, UN PAÍS QUE ASESINA SU FUTURO

Actualizado: sep 21

Colombia es uno de los países más desiguales del mundo, eso no es un secreto para nadie, sobre todo para quienes lo vivimos y padecemos tan atroz situación. La pobreza cada vez se acentúa más y la calidad de vida se precariza con mayor intensidad. Este tema nos toca a todos, claro, pero hace metástasis cuando hablamos de la juventud colombiana, quienes se han vuelto los más perjudicados con las decisiones del gobierno en materia económica y social. La tendencia en Colombia es a que la juventud desaparezca.


Los jóvenes han entendido que con ellos el Estado no cuenta, por eso, desde el 21 de noviembre del año pasado, hemos visto manifestaciones masivas protagonizadas por jóvenes que ya no tienen miedo y absolutamente nada que perder. Se inició con cacerolazos que retumbaban en las calles de las principales ciudades del país exigiendo no sólo oportunidades para ellos, sino un país más justo para todos los colombianos. Marcharon con tambores, música, pancartas, arengas y diferentes manifestaciones artísticas, lo que fue una protesta sin precedentes en Colombia, tanto por su envergadura como por su pacifismo.


Los jóvenes creyeron que ese era el camino, que no iban a caer en la trampa de los ovimientos anteriores, que fue precisamente usar la violencia que justificara una espuesta violenta por parte del Estado. Para el 21N las consignas eran claras: gratuidad y calidad educativa, la reforma pensional, la gran causa medioambiental, la paz, la lucha contra la corrupción, el rechazo a la clase política, y el descontento con el gobierno y su gestión. El desencanto fue el detonante. La idea de esta manifestación ciudadana no era hacer la evolución como en otras épocas, sino obtener soluciones tras una negociación. Pero el gobierno, presidido por un joven, ni se sentó en la mesa e ignoró una vez más el clamor juvenil.


En plena pandemia, se inició una arremetida de masacres en contra de la juventud en Colombia sin precedentes: seis jóvenes caían asesinados en la localidad de La Guayacana en Tumaco en el departamento de Nariño; 72 horas antes, nueve jóvenes fueron ultimados en Samaniego, también en Nariño; tres jóvenes indígenas Awá; ocho jóvenes entre 19 y 25 años masacrados en la aldea de Santa Catalina; cinco menores todos entre 14 y 15 años, en el barrio Llano Verdeen Cali; seis jóvenes más en el Tambo; y con esta se completaban seis masacres, cobrando la vida de 37 jóvenes en los departamentos del Cauca, Arauca, Valle del Cauca y Nariño.


La madrugada del miércoles, un encuentro con amigos terminó en tragedia por la golpiza y las descargas eléctricas que le propinó la Policía Nacional a Javier Ordóñez. El hombre, abogado y padre de dos hijos de 15 y 11 años, perdía la vida a causa del abuso policial. Las últimas palabras de Ordóñez fueron “no más, por favor, no más”. Quizás, ese último aliento de súplica fue el detonante para que la juventud dijera: ¡BASTA!, ya que el mismo día miles de jóvenes se volcaron a las calles a exigir justicia frente al CAI donde murió el abogado, casi replicando el sentimiento de indignación y rabia que les produjo a los estadounidenses la muerte de George Floyd.


El abuso del poder de todas las maneras posibles, el constante robo a la educación y la salud de la gente, la corrupción desbordada, la falta de oportunidades con 1,5 millones de jóvenes desempleados y el asesinato sistemático, encendieron con la chispa de Javier Ordoñez una voz unánime que grita: “No más, por favor, no más”. Lo que pasó después, fue aún más grave, porque con las juventudes en las calles exigiendo justicia ante las diferentes instituciones policiales, la respuesta de éstas fue represión a base de sangre y más muerte, dejando un saldo de 8 personas fallecidas y 66 heridas con arma de fuego, todas ellas jóvenes. Desde la época de la violencia no se había visto tantos heridos con plomo en sus cuerpos. No fueron balas perdidas las que penetraron la humanidad de nuestro futuro, fue la Policía en cabeza del gobierno, que se cargó la vida de Cristian Hurtado de 27 años, Andrés Rodríguez 23, Alexander Fonseca 17, Fredy Maecha 20, Germán Fuentes 25, Julián González 27, Julieth Ramírez 18, y Larwan Mendoza 25. Y la cuenta sigue, porque en los hospitales hay jóvenes debatiéndose entre la vida y la muerte.


El futuro es oscuro y estamos en un punto de no retorno, donde la única salvación está en manos de nuestra juventud resiliente, que, mediante instrumentos de paz, no se rendirá y hará reivindicar no solo sus derechos, sino los de toda una sociedad colombiana. Danna Castro Orozco

Concejal del municipio del Líbano

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